Centro de Terapia Emocional Gestalt De Castilla y León

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Mi relación con el síntoma

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Me animo a escribir estas líneas por si ayudasen a alguien. Y porque hacer una retrospectiva del camino andado me nutre y me ayuda a agradecerlo con mayor consciencia.
En diciembre de 2008 amanecí una mañana en la cama de quien era mi compañero con unas heridas terribles en el pezón derecho. Supuraban y picaban. Ahora lo pienso y me provoca sorpresa haber podido vivir con este síntoma tanto tiempo. Más aún, haberlo albergado sin entender su mensaje. El personal sanitario del SACYL oscilaba entre pruebas bacteriológicas negativas, cortisona y otras cremas súper agresivas. Al poco, apareció también en el pezón izquierdo.

En el momento en que me aplicaba el remedio, el síntoma se sanaba y al dejarlo, volvía a brotar con mayor virulencia. Creo que esto deja bien clara la idiosincrasia de la medicina alopática: sin tener en cuenta a la persona y su vivencia, buscar cortar el brote a base de un químico potente.
Recuerdo el intenso picor que apenas me dejaba descansar algunas noches y las gasas que tenía que poner entre el sujetador y mis pechos, para que el líquido que supuraban no atravesase la ropa. Esto sucedió en alguna ocasión, por ejemplo en verano, con la ropa más fina y suponía tanta vergüenza como una conexión inevitable con el imaginario de la lactancia y la maternidad. He aprendido que no hace falta un/a bebé real para que el cuerpo materialice que existe en el plano simbólico. En pruebas endocrinas descubrieron que tenía la hormona prolactina al mismo nivel que una madre que amamantase.
Normalicé encontrar paquetes de gasas en mi baño, en mi bolso, en mi cajón del trabajo… Así como las limitaciones y frustraciones a la hora de compartir mi sexualidad, mostrar mi cuerpo desnudo o sumergirlo en playas o piscinas. Acudí a una homeópata que hizo su mejor intento, sin llegar a cura: obviamente no sané porque yo seguía haciendo las mismitas cosas con mi pareja, con mi madre y con mi gestión del deseo de serlo. Esto era entonces un batiburrillo inmenso. Mis emociones se bandeaban entre la culpa, la rabia y la tristeza. Escasamente acostumbrada a sostenerlas, en ocasiones me desconectaba trabajando o haciendo otras miles de cosas. Con la atención fuera o en la mente, estaba proporcionando una escasa o nula escucha a mi cuerpo, que empezó a gritar más fuerte que por los pechos.
En verano del 2010 –si no recuerdo mal- se me reveló que había un quiste (endometriosis) en mi ovario izquierdo. De casi 5 cm. Esto movilizó mis peores miedos: reproducir dificultades en la concepción que otras mujeres de mi familia con el mismo diagnóstico recién habían vivenciado. La ginecóloga hablaba de operar de inmediato a riesgo de perder el ovario. Yo consideré esperar con medicación y fue en ese momento en el que verdaderamente me hice cargo y responsable de mi salud. Lo primero que cayó en mis manos fue un libro de Louise Hay. Recuerdo que meses antes había leído algo de ella y mi reacción fue resistirme a la idea de agradecer la enfermedad. Anteriormente pensé que era una flipada New Age pero ese otoño, de la mano de un amigo que me facilitó su audiolibro la leí con otros ojos. Supongo que el maestro me apareció cuando yo como alumna estaba preparada para el aprendizaje. Me decidí a buscar terapia pues hace tiempo que comulgaba con la idea de ciertos componentes somáticos, aunque no pensé que fuera tan clara la relación entre el cuerpo emocional y el físico.
Recuerdo que el primer día de sesión me escapé con la excusa de no haber encontrado la puerta del despacho de Francisco, aunque recién había salido de la consulta contigua para recibir acupuntura. Llámalo resistencias o llámalo deflexión. Estaba bajando ya por la Plaza Mayor cuando él me llamó a ver qué estaba pasando. Le dije que me había perdido. Me indicó la ubicación del despacho. Y regresé.
Empecé proceso.
La primera sesión la pasé casi entera llorando. Al salir, recuerdo que pensé sorprendida “madre mía, yo no pensé que estuviera tan mal”. Y es que cuando hay un terapeuta que realmente acoge, no queda otra que ir abriendo. Si esta idea que quiero expresar fuera una imagen sería la de un líquido que se vierte, una presa que se abre, algo que se desparrama por haber estado constreñido.
En este momento mi demanda era clara “vengo porque tengo esta colección de síntomas y está claro que tienen que ver con mi vida”. Digamos que los síntomas eran el facilitador, la punta del iceberg para pedir ayuda y mirar hacia dentro. A grandes rasgos, la cosa es que tenía una casa requetelinda, un millón de actividades gratificantes y activismos motivadores, un trabajo precioso, muy bien remunerado como profesional en servicios sociales, cero vida espiritual, una relación de pareja muy fea e insana, una familia de amigxs maravillosxs y una familia biológica que también lo era pero en ninguna de las dos me había parado a sentir qué papel desempeñaba y que relaciones construía. Así que estaba situada según los resortes que aprendí de pequeña, por la inercia, sin apenas elección sobre la distancia y energía que me iba bien poner con cada persona, ya fuera amiga o familiar.
Decidí no tomar una sola de las hormonas correctoras de la prolactina que me recetó la ginecóloga. Sólo probé la anticonceptiva un mes. En el plano físico: agujas y glóbuli. En el emocional, una sesión en semana de terapia gestalt. Y un gran compromiso conmigo misma.
Recuerdo haber transitado sesiones sobre mi vínculo con lo materno, sobre mi tóxica e insana relación de pareja. Pegué hasta hacerme daño en los nudillos varios cojines desde los que hablaba mi entonces compañero. Experimenté en mi piel la peor de las situaciones psicodramáticas: tumbada en la camilla de la consulta me diagnosticaban infertilidad tras pincharme gestualmente varias veces en el vientre. Puse voz al síntoma y se convirtió mi cuerpo entero en el quiste del ovario. Supe entonces cómo se movía, cuál era su textura, para qué venía y cuándo llegó y sobretodo de qué estaba hecho. Francisco me sugería que llevase un diario de los brotes de supuración del pecho, a ver con qué vivencias coincidían.
La terapia gestalt fue un punto de inflexión en mi proceso personal: responsabilizarme de mi misma e ir agarrando de a poco las riendas de una situación en la que en aquel momento me sentía trabada.
Lo cierto es que no fue sencillo. Darse cuenta duele. Y también libera. Haciendo cuentas, claramente compensa hacerse cargo de una misma. Claro que está la opción de ingerir el tratamiento farmacológico y mirar a otro lado, esto es muy respetable pues cada cual hace lo que puede con lo que tiene y sabe en cada momento. Sólo que esta vía, me temo, genera mayores síntomas a medio/largo plazo y una calidad de existencia muy precaria, una vida bastante poco vivible.
En enero del 2012 terminó mi vínculo de pareja. Se trataba de una de esas relaciones donde nos dejábamos y volvíamos infinitas veces, y esa vez fue la definitiva. Lo supe por una despedida interior muy diferente a todas las otras veces. En una semana –literalmente- las erupciones de los pezones desaparecieron total y completamente. Fue mágico porque casi había olvidado estar sana sin gasas en esa parte de mi cuerpo.
Es cierto que al inicio no supe muy bien qué fue la causa de la mejora pues estaba a la vez con homeopatía, con acupuntura y con gestalt. Ahora la tengo clara: cuando hay manifestación física, sanación medicinal que incida en la materia y ya para lo más profundo y de la mano, proceso personal.
En los años posteriores, he seguido con un nivel de compromiso muy fuerte conmigo misma. Decidí trabajarme el interior y sin ser el objetivo principal, una de los frutos de este camino ha sido la mejora de mi salud: en cada ecografía de revisión el quiste iba achicándose exponencialmente.
La opción fácil hubiera sido tomar pastillas, sin necesidad de hacerse preguntas. La fácil… a corto plazo. Es cierto que en un momento tuve que gestionar cierta sanción social por no tomar el tratamiento establecido y esto no es que no propugne la terapia gestalt. Lo que sí es el hecho de responsabilizarse de las decisiones y de la salud.
Así que comencé a bucear cada vez más hondo: agenda cíclica menstrual de mujer, cambio a copa de luna, trabajo con huevo de obsidiana (Osiris), energía deeksa, meditaciones de útero de Mónica Felipe Larralde y Miranda Grey. Lecturas a Adriana Schnacke y su voz al síntoma, Jader Tolja y la anatomía experiencial, Norberto Levy y el trabajo con emociones, Reich y Lowen en coraza caracterial y bioenergética, Jacques Martel y Lisa Boureau en diccionarios de emociones/enfermedades, biodescodificación, psicogenealogía y transgeneracional. Y sobre todo, una constante terapia psicoanalítica individual y gestalt grupal. Y todo con un claro enfoque de género y atención en mi polaridad masculina-femenina, porque obviamente hablamos de síntomas localizados en ovario y senos…
En cuanto al quiste, lo cierto es que ahora en enero de 2015 me he hecho una ecografía. Y ha desaparecido totalmente. Sentí miedo de decirle a la ginecóloga que no había tomado su tratamiento. Ella estaba sorprendida porque estos quistes de aspecto endometriosico suelen quedarse y casi nunca desaparecer. Finalmente me decidí a contarle por encima mi elección para trabajarlo y la doctora me dijo que lo importante era que estuviera sana y mostró interés por mi tratamiento. Gratamente sorprendida y muy contenta, días más tarde, le escribí una carta dentro un sobre malva con pormenores de referencias.
Me doy cuenta de que se cierra este ciclo ahora: la carta a la ginecóloga, la retrospectiva para la web de Francisco… Desaparecieron estos dos síntomas y vendrán otros con nuevos mensajes…

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